El robo de la Navidad

Fiestas y consumo
 
Por Germán Díaz
Religioso Salesiano
Lic. en Comunicación Social

Es verdad, las fiestas tienen ese no sé qué… Por un lado, son muy “tiernas”, muy sentimentales, pero la “Navidad” y el “Año Nuevo” resultan, en algunos casos, un momento de caos familiar de alta compulsividad consumista.

Cuando todo comienza, allá por noviembre (antes del Primer Domingo de Adviento), surgen titulares en los diarios y temas de opinión entre vecinos y amigos... ¿Cuánto cuesta la cena de Navidad? ¿Cuánto sale estar a la moda en Noche Buena? ¿Qué necesitas para salir en Navidad? ¿Qué comemos en las fiestas? ¿Dónde vamos a pasar la Noche Buena? Esta ropa me voy a poner en Navidad. Cuando cobremos el aguinaldo, nos surtimos para las fiestas. Son muchas más las expresiones habituales en las familias. Los dóciles consumidores recorrerán, abultados de bolsas y paquetes, tiendas y negocios para llegar superagotados y sin ganas de nada a la noche más hermosa del año.

El mercado instala sus publicidades y sin escrúpulos nos pregunta: “¿Te vas a quedar sin probar este champaña en Noche Buena?” o “¿No pensaste en regalar esta ‘compu’ a tus hijos en Navidad”? Solo para nombrar algunos de los mensajes explícitos más inocentes de tortura consumista que se aventuran con el remolino de necesidades creadas en una fiesta donde el único “convidado de piedra” es el mismo agasajado.

En materia de creatividad, ya no hay arte que supere al merchandising navideño, y sufro al tener que darle la razón a la canción de Sabina y Serrat: “Satanás es un capo llevando el compás infiltrado en el supermercado de la Navidad”. No es ser antinavideño, sino que se trata de salir respirando de una fiesta que, mal que nos pese, nos fue robada, y, peor aún, la entregamos como si nada.

El robo de la Navidad no es un tema original o de mi autoría, ya muchos lo dijeron antes, como el Emérito Obispo Joaquín Piña: “Alguien escribió un Responso por la Navidad. La pobre Navidad cristiana, que se murió ahogada, víctima, bajo un montón de regalos, luces de colores, bombas, cohetes, avisos comerciales –el Papá Noel– y todo lo demás. Producto de la sociedad de consumo... Navidad es una ocasión para ofenderlo a Jesús con sus excesos lamentables: peleas familiares, comilonas, borracheras y otras manifestaciones poco racionales. A veces, incluso, muertes en accidentes causados por la embriaguez u otras reyertas... Es deplorable... que haya quienes se aprovechan del asueto navideño para hacer una fiesta pagana, que es una burla de la verdadera Navidad”.

La Navidad, en algunos lugares del mundo, no se llama así. Se intenta generar un lenguaje neutro para no ofender a los no creyentes. El nombre que respeta a los ateos o agnósticos es simplemente “fiestas”. Entonces, otra vez los católicos andamos pidiendo perdón por existir, cuando, en realidad, son ellos los que usan nuestra fiesta para emborracharse y hablar del obeso Papa Noel que, como no existe, nadie se preocupa en saber de dónde saca el dinero para hacer tantos regalos.

Jorge Espinosa Cano escribió en una página web católica: “Navidad o somos los cristianos los que hemos dejado que se pierda esta fiesta inmersos en la vanidad de organizar una gran fiesta para quedar bien, en lugar de una gran celebración para recordar la maravilla del nacimiento de Jesús que viene a dar sentido a nuestra existencia. Es que estamos muy preocupados por los adornos de la casa, muchas veces sin las imágenes de los protagonistas, Jesús, María y José; por la cena que serviremos para no quedar mal con nuestros invitados; por los regalos que daremos o recibiremos y por muchas otras cosas importantes, pero por las cuales no deberíamos perder de vista que tan solo son un marco para lo que en verdad conmemoramos: la venida de Jesús al mundo y nuestro compromiso de seguirlo”.

Existen casas donde viven católicos que no se animan a bendecir la mesa navideña por respeto. ¿Respeto a qué? Nosotros debemos respetar a los que nos roban nuestra fiesta radicalmente cristiana. Nosotros debemos respetar a los que se autoinvitan a celebrar el nacimiento de alguien que niegan o les resulta indiferente. Nosotros somos tan tontos que festejamos anónimamente el misterio de la encarnación que llena de gozo nuestros corazones, pero debemos hacerlo callados para no ofender a nadie de la familia o a los amigos con otras opciones religiosas. Esto es terrible. Festejamos, ocultados en el cotillón y la comilona, una fe tibia, tímida y mimetizada. Me resulta escalofriante pensar que en la Navidad ya no esté Cristo, sino nuestra mentalidad católica indecisa y de baja autoestima que respeta las creencias de todos menos a sí misma. La Navidad es nuestra fiesta, y deberíamos cuidarla en un clima espiritual que nos llene de Alegría porque nace nuestro Salvador.