De la Navidad o del cargo a la tarjeta de crédito
Mario Miranda, LC

 

Gigantescos árboles de Navidad rodean las principales calles de la ciudad, luces de brillantes colores y guirnaldas plateadas rodean los colosales pinos, afuera o dentro de las casas. Suenan los villancicos en el radio y en las tiendas. A veces, cuando estamos tan metidos en nuestras ocupaciones, nos olvidamos que la llegada del nacimiento de Jesucristo se acerca y se identifica con la palabra “Navidad”, palabra que aparece en anuncios comerciales, en escaparates de tiendas y publicidad diversa pero, sería bueno parar un poco todos estos bombardeos de imágenes que difunden la Navidad como un tiempo de compras, o una época del año en donde la palabra “Navidad” se compara con la palabra “Regalar”.

Ciertamente, ¿a quién no le gusta que le regalen alguna cosilla de vez en cuando? Bien que es una ocasión acertadísima para mostrar nuestro aprecio y cariño nuestros seres queridos, es, ante todo, una ocasión para recordar que Dios se hizo hombre y que vino a habitar entre nosotros, siendo Dios, tomó la naturaleza humana para trasmitir su mensaje de amor y salvación a la humanidad entera.

Un Dios hecho bebé, a quien los Reyes Magos le regalaron lo más preciado de aquella época: incienso, mirra y oro. Ahora nosotros imitamos este bello gesto para hacer presente que a quien amamos le damos lo mejor que tenemos. Pero si bien las circunstancias no son suficientemente favorables como para hacer un gasto económico de consideración, debemos buscar en el bolsillo de nuestro corazón.

¿Cómo? Muy sencillo, entregando aquello que es muy valioso para el hombre actual: ofreciendo parte de nuestro tiempo y compartiendo momentos. Esta época de Navidad es muy provechosa para renovar las conversaciones con los padres, hermanos y amigos dentro de un ambiente que favorezca la disponibilidad de todos, por ejemplo, la construcción del Belén en la sala de la casa, la preparación de la cena de Navidad, las reuniones familiares para decorar la casa, los juegos de mesa, etc. El conocer a nuestros seres queridos por medio de la comunicación sencilla, espontánea y generosa, es un medio para hacer de nuestras relaciones familiares y sociales un medio de unión y de comunión entre todos.

A veces nuestra vida ordinaria nos aleja o nos separa del contacto con los familiares, la Navidad es el tiempo para volver a unir estas relaciones y hacerlas más sólidas, más “vivas” por medio de la comunicación y del compartir todo aquello que llevamos dentro en nuestros pensamientos, reflexiones y buenos sentimientos; es una época para hablar bien de los demás, para olvidar disgustos y para renovar la unión familiar y de amistad. Por tanto, no hay que preocuparse por no poder conseguir tal o cual regalo “especial”, pues compartir un buen momento en el cual se enriquezca el conocimiento interior de los seres queridos, es ya una verdadera victoria y una virtud. Un regalo que dura y se valora muchísimo más.